viernes, 25 de enero de 2013


PIRATAS, CORSARIOS Y DEFENSA DEL LITORAL  DEL REINO DE VALENCIA.

Desde su fundación en el siglo XVIV, Benidorm y también la comarca de  Marina Baja se vieron afectados por el corso de los musulmanes y cristianos. La desaparición de algunas ciudades como Ifach, Albalat y la decadencia de otras como Bellaguarda y Benidorm, es una de sus consecuencias.




                                                     En esta entrada analizaré  los fenómenos de la
                                                                      piratería y el corso de forma general. Para el caso 
                                                                      concreto de Benidorm recomiendo el capítulo 6 de mi
                                                                      libro "Historia de Benidorm".




1. Piratas y corsarios.

Cuando hoy día miramos al mar solemos ver en él un lugar placentero y de descanso. Sin embargo, en siglos anteriores, cuando nuestros antepasados miraban hacia ese mismo Mediterráneo el sentimiento que predominaba en ellos era el temor. Era el punto de llegada de un peligro muy frecuente: los ataques de piratas y corsarios. 
Esos ataques se habían iniciado casi desde los mismos orígenes del Reino de Valencia en el siglo XIII y continuaron con intensidad variable durante el resto de la Edad Media y la Edad Moderna hasta su desaparición total en el primer tercio del siglo XIX.

Quedan algunos testimonios de esta época de inseguridad. Sobreviven expresiones como  “No hay moros en la costa” y todavía se alzan algunas torres de vigilancia o defensa a lo largo del litoral. Pero posiblemente sea en las fiestas de moros y cristianos donde mayor cantidad de elementos de la lucha contra la piratería y el corso de los siglos XVI y XVII se han conservado: en muchas localidades se añaden arcabuces y armas de fuego propias de esos siglos, los desfiles recuerdan los alardes que se hacían para mantener equipadas y en forma las fuerzas que habían de defender el territorio y en algunas localidades como Villajoyosa se conmemoran desembarcos musulmanes reales. Estos elementos, que parecen inseparables de la fiesta de moros y cristianos, tienen poco que ver con la reconquista cristiana de estas tierras en el siglo XIII en la que no se conocían las armas de fuego, y sí mucho con la defensa litoral de los siglos XVI y XVII.

Conviene diferenciar el significado de las palabra pirata y corsario. En teoría son conceptos fáciles de distinguir, pero en la práctica eran dos actividades de difícil separación. 

La piratería podría considerarse como sinónimo de robo marítimo, es decir que los piratas eran navegantes que se apropiaban de los navíos, mercancías y personas que circulaban a lo largo de las principales rutas comerciales. Se trataba de una actividad ilegal inseparable del comercio marítimo: los mismos comerciantes pirateaban en cuanto tenían oportunidad y no compraban lo que podían obtener gratis por la fuerza. Diferenciar comerciante de pirata resultaba difícil.

Si la piratería era ilegal, el corso, por el contrario, era legal. En caso de guerra el rey autorizaba a las naves de su país a que atacasen a las del país con el que se guerreaba y para ello les entregaba un documento, la patente de corso. Aunque se juraba respetar a los no beligerantes, se debía pagar una fianza para indemnizar a posibles víctimas lo cual demuestra que las autoridades no se fiaban mucho de dicho juramento. 

La diferenciación teórica entre piratas y corsarios había empezado en el siglo XII y a partir de los siglos XIV-XV estaba muy clara. Pero en la práctica la situación era muy confusa. Con frecuencia los corsarios atacaban naves de países neutrales con lo que incurrían en piratería y era normal que una misma persona fuera al mismo tiempo pirata, corsario  contrabandista si dejaba de pagar los impuestos correspondientes. 
En el caso de las relaciones entre cristianos y musulmanes la confusión es aún mayor. No siempre estaban en guerra formal y declarada, pero sí había una continuada hostilidad. En este contexto decidir si un ataque hay que calificarlo como corsario o pirata resulta complejo.

La piratería y el corso fueron actividades muy frecuentes en el Mediterráneo desde tiempos antiguos. Se cita la presencia de piratas cilicios en el Imperio Romano y durante la Alta Edad Media se hicieron famosas las incursiones de los normandos. Pero a partir de la Baja Edad Media y sobre todo durante la Edad Moderna es cuando mejor conocemos este fenómeno por la abundancia de documentación. A finales del siglo XVII esta actividad decae pero no desaparece del todo. Así por ejemplo durante el siglo XVIII el corso mallorquín es el más importante y se ejerce contra los musulmanes. Importantes familias mallorquinas de la actualidad tienen sus antecedentes en estos corsarios; destacan los Barceló, de los que se acuñó en Mallorca la expresión: “Més brau que Barceló per la mar”. 
A fines del siglo XVIII y principios del XIX, las guerras de la época de la Revolución Francesa y napoleónicas supusieron un importante incremento del corso en las costas valencianas en general y de Benidorm en particular. En este caso los enemigos fueron primero los ingleses y luego los franceses.
El final total de la actividad de los corsarios musulmanes llegó a partir de 1831 cuando los franceses ocuparon Argel, principal refugio de los corsarios berberiscos.

Aunque piratería y corso podían ejercerse contra cualquier enemigo lo más habitual era que los cristianos la realizasen contra los musulmanes y éstos contra los cristianos. Para el gran público lo más conocido es la piratería musulmana de la que nuestra comarca era víctima, lo cual se explica por la abundancia de documentación. Pero en los países musulmanes del norte de África también había una notable actividades de los corsarios cristianos, produciendo unos efectos similares entre la población. “Hacia 1580, las barcas de pescadores no se atrevían a alejarse de Argel más allá de media legua por miedo a las fragatas cristianas[1] Es decir que el miedo a los ataques sorpresa de los corsarios era tan grande entre la población musulmana como entre la cristiana.

Pero también los cristianos pirateaban y ejercían el corso entre sí. En el Archivo del Reino de Valencia se registran ataques de castellanos, portugueses y franceses contra navíos valencianos. Por ejemplo entre 1407 y 1495 los documentos de la Bailía recogen 50 casos de piratería porque las víctimas habían acudido a los tribunales para obtener compensaciones. Evidentemente nunca podremos conocer las víctimas que no pudieron presentar reclamaciones ante la justicia ya que la muerte o la venta como esclavo era un final bastante frecuente para las víctimas de la piratería. Pero se trata de un porcentaje muy bajo si tenemos en cuenta que se trata de un ataque cada dos años y que los registros del puerto de Valencia recogen el desembarco de unos 400 navíos anuales. Esto explica que a pesar de la piratería y el corso el comercio marítimo no se detuviera durante la Edad Media ni durante la Edad Moderna.

En lo referente al corso en el período 1404-1497 se consignan  80 licencias de armamento de naves para el corso, de los cuales un 16 % son para mallorquines y el resto para ciudadanos del Reino de Valencia. Estos corsarios valencianos eran mayoritariamente de la ciudad de Valencia, pero también había de otras ciudades. Así, por ejemplo, Villajoyosa obtiene dos licencias, una en 1441 y otra en 1465; Francesc Martí de Villajoyosa paga derecho de quinto por 19 musulmanes apresados en el mar y vendidos en el puerto de Valencia. Los corsarios valencianos atacaban sobre todo a los navíos musulmanes del Reino de Granada aunque la documentación registra también ataques a florentinos e incluso a catalanes.

Solían dedicarse a estas actividades todos los que por su oficio se relacionaban con la navegación: marineros, comerciantes, armadores, etc. De hecho constituía una actividad casi profesionalizada. Encontramos en ella tanto al pequeño armador individual como auténticas compañías mercantiles que se financiaban con préstamos a altos tipos de interés. 
Una vez armada la nave, después de reunir los capitales necesarios, había que solicitar la licencia de corso y pagar la correspondiente fianza que variaba: 200-300 florines para los pequeños armadores y 10.000 para los grandes empresarios Después de pagar los gastos de la expedición se apartaba 1/3 de los beneficios y se repartía entre los marineros; los 2/3 restantes eran para el armador y los socios que le habían prestado el capital.
Un ejemplo de cómo actuaba un pequeño armador lo podemos conocer gracias a un juicio cuya documentación se conserva en el Archivo del Reino de Valencia[2]. Se trata de Martí Cedrelles, vecino de Alzira. Durante el invierno este hombre era carpintero y trabajaba con los troncos que se transportaban por el Júcar. Durante el verano, al disminuir el caudal por el fuerte estiaje de este río, no podía obtener madera y se veía obligado a buscarse otro trabajo: armaba su pequeño barco un leny, llamado el Sent Agustí, y se dedicaba al corso. Tuvo la debilidad de atacar al marinero valenciano Joan Gisbert y su campaña acabó mal ya que el Baile le embargó todos sus bienes por ese acto de piratería.

El beneficio del corso se obtenía de la venta del botín: mercancías, ganados y prisioneros convertidos en esclavos. El botín debía venderse en los puertos autorizados y pagar a las autoridades del Reino los derechos correspondientes. Sin embargo desobedecer estas órdenes para evadir el pago de impuestos era muy frecuente, sobre todo en la actual provincia de Alicante donde la complicada orografía impedía el control de las autoridades. Surgía así la actividad del contrabando, también inseparable de la piratería y el corso. 

La documentación recoge que en 1469 los oficiales de la Bailía se quejaban de la pérdida de ingresos que para la hacienda pública suponía el contrabando del sur y comisionan a Joan Domingo para que fuera a la zona y redactase un informe. Según dicho comisionado “es notorio que muchas personas castellanas y de otras partes introducen cada día muchos cautivos blancos y negros, de Guinea y Berbería y de otras naciones, los cuales venden sin licencia del Baile...Menciona a Diego Suarez de Elche que había vendido tres negros en Cocentaina y no era la primera vez que realizaba ese tipo de venta. 
A pesar de todo, el tráfico clandestino de esclavos continuaba  a principios del siglo XVI: en 1516 se denuncian de nuevo las ventas clandestinas de personas, esta vez sólo de negros porque la conquista de Granada en 1492 había disminuido la posibilidad de obtener esclavos musulmanes. Desembarcaban en Villajoyosa y eran transportados hasta su lugar de venta en el interior: Xixona, Alcoi, Cocentaina, etc. 
Hoy día resulta curioso constatar que lo ilegal no era el hecho de vender personas sino su contrabando, es decir el venderlas sin haber pagado los correspondientes impuestos. La esclavitud se seguía aceptando como un hecho natural.




2. Los precedentes medievales: corso musulmán y cristiano

a) Corso musulmán en el Reino de Valencia
La intensa actividad corsaria en nuestras costas  durante la Baja Edad Media hay que vincularla a la estructura política de la Península en esos años. El Reino de Valencia formaba parte de la confederación denominada Corona de Aragón y tenía fronteras terrestres con Castilla y una peligrosa proximidad terrestre con el Reino de Granada. 
Por otro lado la expansión de la Corona de Aragón hacia Italia introdujo al Reino de Valencia en sus luchas y sus repercusiones fueron sobre todo marítimas. 
En el Norte de África había un conjunto de estados musulmanes que intentarán reconquistar la Península y que plantearon problemas al Reino de Valencia que conservaba una importante población musulmana, casi la tercera parte de la población total del Reino.
Así pues el Reino de Valencia estaba rodeado por numerosos estados con los que se relacionaba unas veces de forma pacífica y otras violenta. 

En primer lugar estaba el Reino musulmán de Granada. Teóricamente ambos reinos estaban separados por Murcia, perteneciente al reino de Castilla, pero era un territorio  poblado tan sólo en su zona litoral. Tierra adentro las incursiones musulmanas podían llegar tranquilamente hasta Orihuela sin haber encontrado a castellanos.  Así ocurrió en octubre de 1331 cuando una expedición terrestre granadina dirigida por el caudillo musulmán Reduan saqueó Guardamar. El peligro de estas incursiones se incrementaba por la posibilidad de que los musulmanes valencianos actuasen como “quinta columna” y ayudaran a sus correligionarios granadinos. Por esta causa la zona sur de Alicante constituía en la Edad Media una tierra fronteriza y violenta, donde surgieron personajes similares a los de las películas del Far-West: cazarrecompensas, rastreadores, bandidos, partidas en busca de forajidos, etc. Este concepto de frontera, inspirado en el del Oeste Norteamericano, con sus hombres e instituciones peculiares, ha sido muy bien estudiado por Juan Torres Fontes[3] para la región de Murcia, pero es también perfectamente aplicable para el sur de Alicante. José Antonio Barrio[4] que ha estudiado los libros de cuentas del ayuntamiento de Orihuela durante la Edad Media ha encontrado en la contabilidad partidas curiosas como por ejemplo la que entrega a Domingo el Tripero 44 sueldos “per un cap de moro” o la que paga 45 sueldos por “certes orelles de moro”. Estamos en presencia de cazarrecompensas que para demostrar que han dado muerte a ciertos musulmanes peligrosos deben presentar evidencias como las citadas orejas y cabeza.
Pero el peligro granadino no sólo era terrestre. También podían llegar por mar desde Almería y recibir la ayuda de los musulmanes norteafricanos. La acción conjunta de estos ataques exteriores por mar y la insurrección de los musulmanes del interior se vio clara en junio de 1304 cuando un ataque granadino sembró el pánico en Villajoyosa y los musulmanes consiguieron sitiar Cocentaina y Alcoi; además talaron la huerta de Alicante e incendiaron el valle de Jávea[5].
Las relaciones con los granadinos no fueron siempre violentas. Alternaban treguas y períodos de paz con enfrentamientos bélicos. Pero la desconfianza y el recelo fueron los que presidieron siempre las relaciones entre ambos estados y por esa causa las incursiones en tiempos de paz fueron frecuentes en ambos bandos.

Además del granadino estaba el corso norteafricano. Será precisamente el intento de frenarlo lo que llevará a las intervenciones portuguesas y castellanas en el Norte de África y a la conquista de Ceuta, Melilla y otras plazas norteafricanas. Bujía, Orán y Tánger  eran los puntos de partida de un corso que afectaba a todo el Mediterráneo Occidental desde Italia y Provenza hasta la Corona de Aragón y Castilla. 
El ataque más duro de este período fue llevado a cabo por la flota de Túnez en agosto de 1447 cuando el rey Alfonso el Magnánimo estaba enfrascado en la guerra con Florencia y no podía atender a la defensa de sus estados del sur. Los tunecinos desembarcaron por sorpresa en Benidorm y capturaron a la mayoría de sus habitantes. Como consecuencia de este desastre se apostaron posteriormente ocho guardias en les Penyes del Albir y el cabo de Moraira para alertar de futuros ataques y que no se repitiesen sucesos como el de Benidorm[6].
A partir de 1450 empieza a distinguirse la flota corsaria de Argel, muy bien estudiada por Ferdinand Braudel[7]. Señala dicho autor que su actividad se reforzó con la llegada de los exiliados granadinos en 1492 y de los hermanos Barbarroja en 1516, pero ya se había iniciado mucho antes. Acabó por superar a todos los demás centros corsarios norteafricanos y sus acciones más espectaculares tendrán lugar a partir del 1503 con su terrible asalto a Cullera. 
Por lo que se refiere al corso de Tlemcem hay que destacar la figura del renegado Bertomeu Perpinyà que fue su instigador durante los años 1472-73. Los renegados constituyen unas figuras muy típicas del la Baja Edad Media. Eran antiguos cristianos convertidos al Islam muy apreciados por los musulmanes por la información que podían suministrar para atacar con mínimo riesgo las localidades cristianas. Por el daño que causaban y por el delito de apostasía que habían cometido eran odiados y despreciados por los cristianos y condenados a muerte si caían en sus manos.



b) El corso cristiano.

El reino de Castilla solía ser aliado del de Valencia contra los musulmanes. En general los valencianos siguen con mucha atención la lucha castellana contra los granadinos. Así por ejemplo en 1329 las cortes valencianas aprueban una importante ayuda de 110.000 libras para ayudar a los castellanos en su lucha contra Granada. Pero la firma unilateral de paz por parte castellana dejó indefenso al Reino de Valencia que hubo de soportar los ataques ya citados del caudillo granadino Reduan. 
A pesar de eso, años más tarde, en 1339, Pedro IV de Aragón se volvió a comprometer en ayuda de Castilla contra los granadinos a costa de volver a recaudar un costoso impuesto, l’almoina
La victoria castellano-portuguesa del Salado sobre los benimerines marroquíes del año 1340 fue festejada en Valencia porque veían el final del expansionismo marroquí en la península.

A pesar de eso, de 1356 a 1366 un terrible conflicto entre Castilla y Aragón ensangrentó las tierras del sur del Reino de Valencia. Las crónicas valencianas hablan de  “la guerra de Castella” y se trató de un conflicto que enlazó con la Guerra de los Cien años que se producía en Europa. La rivalidad estalló por la pretensión de Pedro I de Castilla de reconquistar los territorios meridionales anexionados por Jaime II tras los acuerdos de 1304 y puso fin a 50 años de buenas relaciones. Los ataques por tierra y mar fueron duros y ambos reinos sufrieron importantes pérdidas. El sur de Alicante quedó despoblado y muchas de sus localidades arrasadas por los ataques de los  castellanos y sus aliados. Algunas como Albalat o Ifach ya no se repoblaron nunca más.

Los ataques de Castilla fueron terrestres y marítimos. Si los primeros fueron, como acabamos de ver, violentos pero cortos, los marítimos fueron constantes. En el período 1407-1495  el 28 % de los ataques corsarios en tierras valencianas son protagonizados por los castellanos. Su punto de partida era Cartagena donde el corso constituía una auténtica profesión de sus habitantes. Pero a veces estos corsarios de Cartagena no actuaban solos: sabemos que en 1466 corsarios de Denia y Villajoyosa se alían con el castellano Genís Dezpi y entre todos capturan un laut que transportaba la carga de un rico comerciante de la ciudad de Valencia, Mohamat Ripoll y para mayor seguridad la vendieron en el reino de Granada. Volvemos a comprobar que la diferencia práctica entre pirata y corsario no está nada clara.

El corso portugués representa en el siglo XV  aproximadamente un 16 % de los ataques recibidos. Desde su base de Ceuta castigan la zona del estrecho pero sus incursiones se adentran hasta la costa de Provenza. Venden su botín en Valencia, Cartagena y Ceuta. El corso portugués se distinguió por la participación de la casa real. Así en 1461 les fustes de l’infant Don Ferrando remontan el Guadalquivir y apresan un barco valenciano cargado de cerámica de Manises y vino de Sagunto. En el incidente murió el propietario de la carga y en Valencia se tomaron represalias contra los comerciantes portugueses establecidos en la ciudad.

El corso genovés y provenzal es más bien episódico, a diferencia del castellano y portugués. Se centra sobre todo durante los episodios bélicos de Alfonso el Magnánimo en el sur de Italia. En nuestra zona tenemos el caso de la ciudad de Ifach, construida en el Peñón de su mismo nombre, que se repuebla con Carta Puebla[8]  en 1418 en la que se indica que había sido destruida cincuenta años antes por los genoveses: "cinquanta anys ha passats, per genoveses, landonchs enemics del senyor Rey e nostres, fon destruit e posat en cruel ruhina". Posteriormente los ataques musulmanes harán que de nuevo se despueble la ciudad pasando la mayor parte de sus pobladores a Benisa[9]. Por eso la ciudad de Ifach ya no existe en la actualidad y sólo sobreviven restos de sus murallas al pie del peñón. Las excavaciones actuales están aportando información interesante.




3. Los siglos XVI y XVII:


a) El contexto político

A mediados del siglo XV y durante el siglo XVI ocurren una serie de cambios importantes en la situación política del Mediterráneo Occidental. Dichos cambios no suponen la desaparición de la piratería y el corso, pero sí  su modificación.

En primer lugar se realiza la unión dinástica del Reino de Castilla y la Corona de Aragón a partir del matrimonio de Isabel y Fernando, que se consolida después con el reinado de su nieto Carlos I y surge así la poderosa Monarquía Hispánica del siglo XVI.  Aunque ambos reinos siguen conservando sus fronteras interiores, sus leyes y lenguas peculiares, el hecho de tener el mismo rey hace desaparecer los enfrentamientos armados entre ellos. Por otro lado es más fácil adoptar una política común contra los enemigos exteriores y eso explica la pronta conquista del Reino de Granada en 1492, con lo que se eliminaba uno de los focos de la piratería medieval.

Por otro lado estaban los musulmanes valencianos del interior que habían mantenido siempre buenas relaciones con sus correligionarios granadinos. Privados de ellas se sentirán aislados y su tendencia a huir se dirigirá a partir de 1492 hacia el Norte de África. Su acción de “quinta columna” se orienta también hacia la ayuda a los piratas norteafricanos, especialmente a partir de las Germanías cuando se decreta su bautismo forzoso. Este hecho será  tenido muy en cuenta en 1609 cuando se organice su expulsión.

En tercer lugar está la aparición del Imperio Turco en el Mediterráneo Oriental que intentó extenderse hacia Occidente. Su alianza coyuntural con Francia tendrá como efecto una reactivación del corso que afectó duramente al Reino de Valencia. Pero fue mucho más grave para nuestras tierras la alianza de los turcos con los norteafricanos ya que el resultado fue una reactivación de la piratería musulmana surgiendo figuras como Dragut o los hermanos Barbarroja instalados en Argel. De éstos últimos el historiador valenciano del siglo XIX Juan Bautista Perales[10] dice:  “En el año 1518 recorría nuestras costas el pirata Cachidiablo con una escuadra de diez y siete naves, y una de sus hazañas fue asaltar el pueblo de Chilches, cuyas casas y haciendas saqueó, llevándose infinitos cautivos y un respetable botín. Ancló después en el puerto de Denia, apresó dos naves cargadas de trigo que venían a Valencia, llegó a Alicante, sostuvo allí un verdadero combate naval, y aunque no salió vencedor, tampoco quedó vencido, como lo prueba el haber quedado interrumpido el comercio marítimo de Valencia, porque ya no había seguridad ni para los buques mercantes ni para los pueblos de la costa”



b) la defensa del litoral

Acciones políticas de la monarquía.
La piratería turca y berberisca desde bases argelinas no acabó con la muerte de los Barbarroja. La década de 1550-60 fue dramática para nuestras tierras surgiendo figuras como Dragut o Salah Raich que aterrorizaron el litoral valenciano.

Es normal que los reyes orientasen su política mediterránea en el sentido de evitar las causas de la piratería. Así Fernando el Católico proyectó apoderarse de Grecia para prevenir los ataques turcos y romper la alianza con los norteafricanos. No pudo realizar este proyecto tan ambicioso pero sí que lanzó una serie de ataques sobre el Norte de África: Melilla (1497), Orán (1509), Argel y Bujía (1510). 
Carlos I continuó la política de su abuelo, especialmente a partir de la alianza turco-francesa y fruto de ello fue la conquista de Túnez aunque el éxito inicial se truncó con dos duros reveses en Argel. 
Con Felipe II la política antiturca dará resultados –conquista de Malta y victoria de Lepanto– aunque posteriormente los turcos se rehicieron y recuperaron Túnez. Eso permitió que a partir de 1570-1590 se reactiven las incursiones norteafricanas. En este contexto hay que situar la acción de Don Diego Fajardo que en 1609 atacó la Goleta desbaratando una escuadra corsaria más numerosa y capturando un buen botín.

En 1609 Felipe III decidió expulsar los moriscos españoles, lo que afectó sobre todo al Reino de Valencia. La expulsión no supuso el final de la piratería sino su intensificación a corto plazo: los expulsados conocían muy bien el terreno e informaban a los asaltantes. El caso más espectacular se produjo en Calpe en agosto de 1637 cuando la villa fue atacada por sorpresa y sus 200 vecinos –unos 900 habitantes–, fueron llevados al norte de África para venderlos como esclavos o cobrar un rescate.

A los ataques turcos y norteafricanos habrá que añadir, aunque en menor intensidad, los de ingleses y franceses durante los períodos de guerra. Así por ejemplo habría que reseñar el bombardeo que sufrieron los puertos de Denia y Alicante durante 3 días de 1691 por parte de la escuadra francesa[11].



Los planes de defensa activa.
Es natural que, además de las medidas políticas comentadas, ante la proliferación de ataques marítimos surgiera una planificación de la defensa del litoral. Curiosamente, y a diferencia de la época medieval, el sistema valenciano de defensa de los siglos XVI y XVII está centrado en la tierra y no en el mar. Se debe a la menor capacidad de actuación de las autoridades del reino sometidas ahora a los intereses generales de la monarquía. Si en la Edad Media las autoridades del Reino organizaban un sistema de naves ante la noticia de la formación de flotas corsarias, ahora esta misión quedaba encomendada al virrey, que no siempre tenía recursos para llevarla a término. Pero en líneas generales la acción de la monarquía fue eficaz porque se dirigió hacia los focos de la piratería.

En tierra, el sistema de defensa valenciano estaba protagonizado por los propios habitantes. En casos de apuro se organizaba un ejército de caballeros, mercaderes, artesanos, agricultores, pescadores, etc., que debían hacer frente al invasor. En la mayor parte de los casos se trataba de tropas mal preparadas y peor equipadas por lo que fue preciso tomar iniciativas para organizarlas más eficazmente. Fueron los ayuntamientos los encargados de alistar milicias locales que defendieran su hinterland.

Se conservan referencias de Orihuela, el municipio más importante del sur en esa época, que contaba con 160 caballeros y “ciudadanos honrados” lo que le permitió organizar tres compañías de infantería, una unidad de 300 arcabuceros y otra de caballería.
Sobre Elche la documentación nos proporciona gran cantidad de datos, muchos de los cuales pueden extrapolarse a otras poblaciones. Disponía de un buen sistema de defensa vigilando su término y también localidades como Santa Pola, Pinet, Balsares, etc. Destacaban sus fuerzas de caballería, especialmente los “atajadores” o exploradores que detectaban la presencia enemiga. 

El alto costo que implicaba este sistema defensivo hacía que el Consell de Elche mostrara reticencias a actuar fuera del municipio. Argumentaba que desguarnecía la ciudad y exigía al señor del lugar, por ejemplo Santa Pola, que pagase los gastos originados. Por parte de los vecinos hay una petición para que sea la villa la que pague el armamento y que no tuviesen que pagárselo ellos. En 1558 sabemos que la villa de Elche tenía alistados 204 arcabuceros, 7 alabarderos y nueve ballesteros. Sus edades oscilaban entre 17 y 60 años y estaban obligados a realizar ejercicios prácticos con cierta periodicidad.

Alicante con sus murallas y castillos era la ciudad mejor defendida de la zona, pero la inseguridad estaba en la huerta. Por esta causa surgieron, según Santiago Varela[12], las casas-torre de la huerta, como las de la Condomina y de la cual hay un ejemplo en la denominada Torre de Morales de Benidorm. La ciudad se distinguía por su unidad de artillería que contaba con un capitán, 19 artilleros y 40 ayudantes. Además disponía de 30 “atajadores” para vigilar su término municipal que era entonces muchísimo mayor que en la actualidad, y de 1000 infantes divididos en nueve compañías cada una con su lugar de defensa asignado.

Fueron las cortes de 1547 las que intentaron sistematizar todos los problemas de la defensa sobre nuevas bases ya que hasta ese momento se había confiado a los señores feudales y sus mesnadas y también a las patrullas a pie y a caballo organizadas por las villas. Se promovió la creación de torres costeras con una guardia ordinaria cuyos gastos se sufragarían con impuestos especiales sobre la seda. Esto se completó en 1554 con la intervención del representante de la monarquía, el virrey duque de Maqueda con sus “Ordenanzas de la guardia marítima del Reyno de Valencia”.

Posteriormente, en 1597, surgió la idea de organizar la “Milicia Efectiva”. Se debió al virrey de Felipe III, entonces Marqués de Denia y posteriormente más conocido como duque de Lerma, que tenía interés en la defensa de sus tierras. Se trataba de alistar 10.000 cristianos y ejercitarlos en sus respectivos pueblos, movilizándolos en caso de emergencia. Se organizarían en compañías de 1000 hombres, repartidas en 10 localidades del reino. El alistamiento sería voluntario y para animar a los ciudadanos se les prometían una serie de prerrogativas: quedaban exentos de cualquier jurisdicción nobiliaria y sólo tendrían la del Capitán General. Podrían llevar habitualmente armas de fuego, lo que constituía un gran honor ya que estaban prohibidas por los numerosos abusos que se realizaban con ellas; Mosén Porcar[13] nos habla incluso de frailes que asesinaron a compañeros con armas de fuego. Otro privilegio del que disfrutarían los alistados en la milicia sería la exención del impuesto de la sisa del pan, del vino y de la carne y quedaban también exentos de la obligación de alojar tropas. Se les garantizaba que no saldrían a luchar fuera del reino y durante la campaña cobrarían el mismo sueldo que las tropas regulares del rey.

Estas disposiciones se completaron con sucesivas pragmáticas en 1628, 1643, 1650, 1665 y 1692 quedando excluidas las zonas en las que hubiese milicias ciudadanas como las que hemos comentado anteriormente. 
La pragmática de 1628 reduce los hombres a 8.000 y se amplían sus privilegios para animar el alistamiento. 
En 1643 se les da la misma estructura que los tercios castellanos y se regula el número de revistas anuales y el tipo de armas. Aparece la figura del soldado temporal, no alistado regularmente, lo que indica problemas para obtener reclutas voluntarios que se hubieron de solucionar cubriendo las plazas por sorteo. 
En 1650 se suspendió temporalmente esta milicia y se sustituyó con otra de 5.000 hombres destinada a defender la frontera con Cataluña que se había sublevado contra Felipe IV. Pero pasado ese conflicto se volvió a instaurar el sistema anterior en 1665 y se amplió en 1692 con la creación de un batallón de caballería que resultaba caro de mantener ya que el reino era deficitario en caballos.
Una de sus 10 sedes fue Villajoyosa y sus milicias alcanzaron gran prestigio por su atrevimiento ante el enemigo por lo que los reyes las llegaron a sacar del reino a pesar del privilegio en contra. Así por ejemplo durante la peste de 1666 se utilizaron estas tropas para poner cordones sanitarios e impedir la entrada y salida de las zonas declaradas en cuarentena.

Tropas regulares del rey nunca las hubo en el Reino de Valencia ni  nadie deseaba que se instalasen porque eran una fuente continua de robos, violaciones, asesinatos, etc. Además se les debía alojar gratuitamente en las casas particulares ocasionando gastos.

Ya hemos visto que la mejor defensa hubiese sido la creación de una flota como se había hecho en siglos anteriores. Sólo a fines del XVI, en tiempos de Felipe II, se vuelve a plantear esta posibilidad: el rey propuso armar dos galeras para la defensa costera y el Reino propuso armar cuatro. El proyecto no se llevó a término posiblemente por la muerte del rey. Felipe III volvió a hacer la misma propuesta en las cortes de 1604 pero esta vez el proyecto no salió adelante porque suponía gravar al clero con un impuesto y éste se opuso. Gracias al Duque de Lerma, que era también señor de Gandía, se pusieron las galeras en 1618 pero en 1620 se incorporaron a la flota del rey y dejaron de prestar servicio costero.

Como contrapartida la participación de los cristianos en el corso aumentó significativamente a lo largo del XVI como reacción a la intensificación del peligro. Los mercaderes solicitaron permiso para armar sus naves comerciales alegando la defensa contra los ataques berberiscos. Una vez armados nadie podía impedir que se dedicaran al corso. La monarquía lo consintió porque este sistema le resultaba más barato que pagar los rescates de los cautivos y además estaban los ingresos por licencias de corso. En Villajoyosa este corso se convirtió en un medio de vida y los cristianos pasaron de ser presa a ser cazadores. La armada real, en tiempos de paz, también se dedicaba al corso.



La defensa pasiva.
Además de la defensa activa, marítima y terrestre, se articuló una defensa pasiva formada por dos elementos fundamentales: castillos y torres vigía.

Los castillos constituían una serie de enclaves defensivos a lo largo de todo el litoral valenciano. Según Escolano[14] Oropesa con la Torre del Rey, Denia y Alicante con sus murallas constituían las llaves del reino. Eran, sobre todo Denia y Alicante unos conjuntos casi inexpugnables, muy bien defendidos y artillados. Pero no eran las únicas defensas del litoral; había otras muchas que aunque fuesen de menor entidad, constituían un conjunto denso: localidades como Guardamar, Santa Pola, Villajoyosa, Benidorm, etc., presentaban buenas murallas. 

Además se construyeron iglesias fortificadas para servir de refugio en caso de peligro como San Bartolomé de Jávea, la Parroquial de Teulada, la del convento franciscano de Benisa, la de Calpe, etc. Las construcciones de la época atienden a estos criterios defensivos y así Benisa, construida en 1612, presenta en sus puertas dos matacanes para defenderlas.

En tiempos de Felipe II visitó nuestras tierras, por orden del rey, el arquitecto militar italiano Juan Bautista Antonelli. Recorrió la zona estudiando sus posibilidades defensivas y presentó un interesante informe sobre el litoral valenciano, el Memorial de fortificación y apercibimiento del reino de Valencia donde proponía una serie de obras defensivas la mayoría de las cuales no se llevaron a cabo por falta de presupuesto. Las dos más importantes que sí se construyeron fueron la Torre del Rey de Oropesa y el Fort de Bèrnia.

El caso del Fort de Bèrnia lo conocemos gracias a la obra del malogrado historiador Jaume Pastor[15] y a la recopilación de Adolfo Salvá Ballester. Ambos recogieron y publicaron la documentación del Archivo de Simancas. 
La sierra de Bèrnia constituía desde la Edad Media un lugar estratégico por su situación privilegiada que permitía controlar militarmente un gran sector de la Marina. Se había construido una torre que por la documentación sabemos que se había confiado en 1250 a Pere Blasco y tenía una guarnición de 6 hombres y una asignación de 600 sueldos anuales. Su emplazamiento no es seguro y Antonelli en el siglo XVI dice que estaba en el punto más alto. Pero de eso no quedan hoy día vestigios.
La cumbre de Bernia vigilaba una comarca con escasa población de cristianos, situados preferentemente en la costa, y una mayoría de musulmanes en montañas y valles del interior. Era además un lugar difícil de atacar y por eso los moriscos al ser obligados a bautizarse por la fuerza en 1525 se sublevaron y se refugiaron en la sierra, costando más de un año reducirlos. Según Pere Mª Orts este hecho dio origen al dicho de “Això costarà més que la presa de Bèrnia”.
En 1545 el duque de Calabria, que ostentaba el cargo de virrey, planteó la necesidad de unas defensas en Bernia que evitaran la huida de los moriscos o que se refugiaran de nuevo en ella en caso de rebelión; además serviría de ayuda en caso de ataque berberisco al litoral.
En 1560 el problema morisco se agudizó y  Antonelli recorrió la comarca proponiendo un plan de defensa. Describe las cuatro rutas de acceso a Bèrnia (desde Calpe, Benissa, Callosa y Altea la Vella) que todavía hoy son practicables y destaca la profusión de lugares moriscos en la zona, unos cincuenta. Propone la construcción del fuerte y describe las fortificaciones necesarias. Dice que habría que actuar por sorpresa desembarcando en el Morro de Toix, tomar la montaña y después fortificar sus pasos; bastarían para ello 800 hombres. Las vituallas llegarían desde Villajoyosa, Xixona y Alicante, preferentemente por mar. Además proponía colocar 700 soldados más repartidos en 7 castillos, destacando los de Callosa, Altea, Altea la Vieja y Polop.
Hay pocas noticias de su construcción. Se inició el 15 de abril de 1562 y se terminó en agosto de ese mismo año. Fue por tanto una construcción muy rápida que tuvo que exigir grandes esfuerzos y los documentos de Simancas hablan de altercados entre obreros y soldados.
Desde muy pronto se oyeron quejas sobre su ineficacia. En 1575 el virrey Vespasiano Gonzaga, experto en fortificaciones giró una visita y en su informe escribió que el sitio más parecía una ermita que un fuerte, que las técnicas y la obra eran malas y destacaba sobre todo la escasa altura de los muros. Su propuesta era derribarlo y hacer una torre en el lugar donde se encuentra la fuente. Otro informe, el del ingeniero Fratín en 1580, indica que es una obra de mucho coste y poca utilidad, destacando como rasgo muy negativo el hecho que el agua quedara fuera del recinto.
¿Eran correctas estas críticas? Parece ser que sí. A pesar de que en 1583 su guarnición colaboró en la expulsión de cuatro navíos berberiscos que intentaban desembarcar en Villajoyosa, la presencia del fuerte no contribuyó a disminuir los ataques corsarios. Estaba tan lejos que los soldados llegaban tarde y así ocurrió años después durante un ataque a Benidorm: al llegar la guarnición del fuerte los cristianos ya habían expulsado a los atacantes. Tampoco contribuyeron en su propósito de evitar las huidas de moriscos, que continuaron con igual intensidad y aprovechaban la llegada de los berberiscos para embarcar en sus naves.
Por la documentación sabemos que era caro de mantener y que con frecuencia no llegaba el dinero teniendo la guarnición problemas de avituallamiento. El último inventario que se conoce, de 1610, sorprende por la penuria de medios que refleja. Tras la expulsión de los moriscos en 1609 se vuelven a plantear sus inconvenientes, especialmente su costoso mantenimiento de unos 4.000 ducados anuales para una guarnición que oscilaba entre 50 y 60 soldados. Por ello el 12 de abril de 1612 el Consejo de Aragón ordenó su abandono y su derribo para que no pudiese servir de refugio a los corsarios.  En su lugar ordenó fortificar otros lugares costeros: Moraira, isla de Benidorm y Santa Pola.

El otro elemento fundamental en la defensa pasiva eran las torres vigía o torres almenaras. Han estado muy bien estudiadas por J. Luis Menéndez Fueyo en su tesis doctoral “Estudio de las torres almenaras para la defensa costera en la provincia de Alicante” que todavía no se ha publicado.
Estas torres tienen origen medieval y son típicas de todo el Mediterráneo Occidental, desde Italia a Granada. Pero en el siglo XVI el sistema se reconstruye y amplía, teniendo como misión principal el avistamiento de naves enemigas para alertar a las poblaciones vecinas mediante los atajadores y poner en funcionamiento la defensa activa. No estaban planteadas para soportar ataques grandes ya que estos eran poco frecuentes. Lo normal eran incursiones reducidas para obtener un pequeño botín –algunos cautivos y ganado– y en estos casos sí que protegían a sus ocupantes. Su artillería podía también auxiliar a las naves amigas que acudían a la defensa. Pero por sí mismas, aisladas, no servían de nada y sólo tenían sentido integradas en un gran conjunto. De esta manera las torres se repartían por todo el litoral a intervalos de unos 6 kilómetros que es aproximadamente la distancia que un hombre puede recorrer a pie en una hora. Pero si el relieve es abrupto están más próximas ya que la comunicación visual entre ellas era fundamental. Este es el caso de la torre de Les Caletes y el Castillo de Benidorm.
J.L. Menéndez dice que hay documentadas 121 torres en la provincia de Alicante de las cuales han desaparecido el 43 %, conservándose en buen estado el 25 % y se han restaurado el 10 %. La destrucción empieza en el siglo XVIII cuando el peligro ha desaparecido y el sistema defensivo se va desmontando paulatinamente.

Las torres pueden ser de planta cuadrada o circular. El elemento defensivo que está presente en la mayoría de ellas –por ejemplo la torre de les Caletes en Benidorm y Torre Bombarda en el Albir– es el alambor. Se trata de un talud exterior para dificultar la labor de zapa o instalar elementos para escalarlas. Su presencia indica el uso habitual de las armas de fuego de tiro tenso. Además desde un matacán superior elimina ángulos muertos y se pueden lanzar objetos que rebotan en el alambor y hostigan al asaltante. El acceso al interior de la torre suele estar frecuentemente muy alto y a veces presenta unas acanaladuras para las escaleras de cuerda. Esta entrada alta responde a una concepción medieval de la defensa que además de ser poco útil con las armas de fuego resultaba incómodo para los ocupantes. Es propio de las primeras épocas, cuando los ataques eran más frecuentes. En cuanto a los materiales, la introducción de las armas de fuego propició el uso de la mampostería que absorbe mejor los impactos de los proyectiles, reservándose los sillares para los ángulos.



Conclusión
Solemos tener la visión de que la piratería y el corso fueron fenómenos protagonizados por los musulmanes y dirigidos con gran violencia contra los cristianos pero eso es sólo una parte de la verdad.  El corso y la piratería se confundían y se ejercían en todo el Mediterráneo Occidental en una especie de “todos contra todos” por lo que no cabe una visión maniquea de “buenos y malos”. Era un negocio y para muchas personas casi su única profesión. No se buscaba la muerte de las personas, aunque lamentablemente morían algunas. Se pretendía hacer prisioneros para venderlos como esclavos o cobrar un rescate y también apoderarse de mercancías y ganados. Piratería y corso se enfocaban como un negocio y se buscaba la rentabilidad. Se trataba de tener el mínimo costo y por eso se preferían las acciones por sorpresa. Capturar unos pocos prisioneros y algunas ovejas podía suponer  buenos ingresos para muchos de los participantes, la mayoría de ellos muy pobres.

En el caso del corso podían formarse grandes escuadras lo cual ocurrió afortunadamente pocas veces. Lo más habitual era la piratería efectuada con barcos pequeños y escasa tripulación que buscaban sobre todo el factor sorpresa y habían de basarse en el perfecto conocimiento del terreno y de las costumbres de sus habitantes. Pero al mismo tiempo su pequeñez les hacía muy vulnerables ante las galeras cristianas.

La eficacia de la defensa costera, activa y pasiva, está fuera de toda duda lo mismo que la acción de la monarquía sobre el norte de África. A pesar de algunos episodios luctuosos y muy sonados, los ataques corsarios, fueron repelidos en muchísimas ocasiones con éxito. Aunque entorpecieron el comercio marítimo, no lo perjudicaron seriamente. Respecto a la población, en la segunda mitad del siglo XIV se produjo una despoblación del litoral por causo de estos continuados ataques, pero la mejora de las defensas permitió su recuperación a lo largo del siglo XVII. El proceso repoblador se inicia tras la expulsión de los moriscos y culmina a finales de ese siglo.




[1] SÁNCHEZ-GIJÓN, ANT. “Defensa de costas en el Reino de Valencia” Generalitat Valenciana. 1996.
[2] ARV, Bailía 1146, fol. 281 de 27 de agosto de 1489. Citado por J. Guiralt-Hadziiossif en “Valencia puerto mediterráneo en el siglo XV” Alfons el Magnànim. Valencia 1989
[3] TORRES FONTES, J. “Estampas medievales” Academia Alfonso X el Sabio. Murcia, 1988.
[4] BARRIO BARRIO, J.A. “El control del mercado cerealista en Orihuela durante el siglo XIV” Alquibla, 2, 1996
[5] RUBIO VELA, A. El territori, els homens i les estructures ,  “Història del País Valencià” vol II
[6] ARV, MR 62, 347 v. Citado por GUIRAL-HADZIIOSSIF, J
[7]BRAUDEL, F. “El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II” Méjico 1953
[8] GUINOT RODRIGUEZ, E. “Cartes de poblament medievals valencianes”Generalitat Valenciana. 1991
[9] PASTOR FLUIXÀ, J.-CAMPÓN GONZALVO, J. “VI centenari de la partició del terme del castell de Calp...”, Ayuntamientos de Benisa, Calp y Teluda. 1986
[10] PERALES, J.B. “Décadas de la historia de la insigne y coronada ciudad y Reino de Valencia” continuación de las Décadas de Escolano. Valencia 1880
[11] REQUENA, F.  “La defensa de las costas valencianas en la época de los austrias” I. Gil Albert. 1997
[12] VARELA, S. “Arquitectura residencial en la huerta de Alicante” I. Gil Albert. Alicante
[13] PORCAR,J. “Coses evengudes en la ciutat y regne de València. Dietario de mosén Porcar, capellán de San Martín ((1589-1629) Transcripción y prólogo de F. Momblanch. Valencia 1960
[14] ESCOLANO, G. “Década primera de la insigne y coronada Ciudad y Reyno de Valencia” 1610-1611
[15] PASTOR FLUIXÀ, J.&CAMPON GONZALVO, J.  “Papers de Bèrnia” Ed. Ajuntament de Callosa d’En Sarrià, 1986


Bibliografía:

Además de la bibliografía ya citada  puede resultar interesante la consulta de las obras siguientes:
- SEIJO, F.: “Torres de vigía y defensa contra los piratas berberiscos en la costa de Valencia”
- COOPER, D.: “The centinels of Aragon: Old coastal defence towers of Catalonia and Valencia”. Londres 1994
- AZUAR, R. y otros: “Castillos de Alicante”, 1995
- ORTS I BOCH, PERE Mª.  “Introducció a la història de la Vila Joiosa i el notari Andreu Mayor “
- DIARIO LEVANTE: “Castillos, torres y fortalezas de la Comunidad Valenciana”. Edit. Prensa Valenciana, 1995


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